20 de noviembre de 2008

Inseguridad


“el color de la sangre jamás se olvida”, me dijo Camilo, el poeta.

Lidiar con la muerte, de por sí, no es cosa fácil. Esa certeza que cargamos desde el nacimiento, ese fin de todo lo que conocemos, lo definitivo, es un concepto difícil de asimilar, sobre todo en nuestra cultura occidental. Me dicen que hay sociedades y religiones donde celebran a los muertos, donde los sepelios se hacen con alegría, con la certeza de otra vida más allá. Sin embargo, nuestra religión católica, que tanto se precia por vender una vida mejor después de la vida, es la que nos enseña a entrar en un duelo triste y doloroso cuando se van sobre todo los seres queridos, familiares o amigos.

Para mí, la muerte sigue siendo un enigma, al cual he ido acercándome en la medida en que los años me han obligado a ello. Y es por eso que las profesiones que lidian con la vida y la muerte- los médicos, los policías, los bomberos, entre otros- me merecen una especial admiración, pues la encaran a diario haciéndola retroceder, esperar un poco más, robándole incluso un poco tiempo para despedirse, para cerrar, o en el mejor de los casos logrando espacios mas largos para vivir y disfrutar.

Vivimos en una sociedad donde cada día tenemos que enfrentarnos a la muerte en la forma más violenta e inesperada: la inseguridad. Porque la guerra, que se supone es el escenario de la vida y la muerte, es un juego cantado, donde un bando y otro luchan por ganar, y los que estamos al margen tenemos que ponernos a buen resguardo. Pero esta guerra silenciosa que se libra en Caracas y en casi todas las ciudades de nuestro país, en la que caminar por las calles a cualquier hora del día se ha transformado en una hazaña, salir a tomarse un trago de noche y regresar sano y salvo es un milagro, donde se hace necesario activar las alertas entre los amigos si pasa alguna cosa fuera de la rutina, esa guerra silenciosa nos está cambiando nuestra forma de vida, llenándola de zozobra e incertidumbre, impotencia y frustración, convirtiéndola en un lugar donde la paz no existe a ninguna hora.

Antes, la página de sucesos era un reportaje impersonal, de gente que lamentablemente había tenido “mala suerte” y estaba llorando a sus muertos. Hoy, cada vez que la abro busco inquieta a ver si hay alguien conocido, algún amigo, o vecino. Estoy segura de que todos podemos enumerar al menos dos eventos que nos han pasado directa o indirectamente en los últimos meses. En mi caso, hace mes y medio, mataron al señor que nos vendía las cosas de limpieza desde hace años, un muchacho- muchachón, como yo, ya entrado en años- con su negocio de ventas al mayor en Los Chaguaramos. Lo mataron frente a la esposa, a sangre fría, como si fuera un encargo más. Y hace dos meses asaltaron a mi hijo, de dieciocho años, a la una de la tarde cerca de Ciudad Banesco. En ambos casos fueron dos personas en una moto, el que maneja y el que se baja y dispara. Ambos vivieron ese momento crucial, donde la vida se detiene, donde el tiempo deja de correr, y ven como en cámara lenta lo que está pasando, y recuerdan detalles insignificantes: el olor de la chaqueta del tipo, su voz ronca que les grita algo que realmente no entienden, el grito del otro urgiéndolo a “quemarlo”, a terminar rápido, su propia reacción sin miedo en el momento, solo esa alerta indescriptible que produce la adrenalina a borbotones. A mi hijo le pusieron la pistola en la cabeza y le quitaron el bolso, a Luis lo mataron sin piedad.

Ayer hablé con un amigo mío a quien le toco ser “un vecino que estaba en su apartamento” y salir a rescatar a su vecina de toda la vida, victima de un asalto y llevarla a la clínica, y luego entrar con la policía, para ayudar a la familia en lo posible, en lo que un buen vecino puede hacer, que es poco, realmente. Pero el shock está ahí y sigue. El que se metan en ese apartamento significa que se pueden meter en el suyo, en su casa, en su seguridad. Es pensar en sus hijas, adolescentes, que llegan del colegio y se quedan abajo hablando con las amigas, y comenzar a imaginar lo que les puede pasar, y salir a recogerlas y encerrarlas en la casa, cuando quienes tienen que estar encerrados siguen impunemente en las calles.

Lo más impactante para mi de su relato, fue su descripción de lo que vivió al entrar en ese apartamento, violentado, lleno de odio y de dolor en los rincones. El cómo se bloqueó totalmente ante la muerte, y su propia adrenalina no lo dejó ver la sangre que regaba las paredes del cuarto donde yacía un cuerpo sin vida. Y hasta el día de hoy no se acuerda de haber visto la sangre. Porque seguramente, cuando se acuerde, no se le va a olvidar nunca. Porque el color de la sangre no se olvida. Porque cuando se acuerde va a llorar por su vida y por sus hijas, así como yo lloré a mares ante la posibilidad de haber perdido a mi hijo en esta pesadilla. Porque lo que estamos viviendo nos hace bloquearnos para sobrevivir, para no llorar en cada esquina, para seguir adelante a pesar de todo. Pero el muerto está ahí, los muertos están ahí para recordarnos que estamos en deuda con ellos, que tenemos que lograr mejorar las cosas, para que nosotros y nuestros hijos podamos caminar seguros, sin miedo. Después de todo, tenemos ese derecho.

Caracas, 11 de noviembre de 2008

1 comentario:

La Negra dijo...

Este escrito me paró los pelos, me sacó lágrimas y me llegó al alma. Es el pan nuestro de cada día en Venezuela, el que escucho a mi madre vía telefónica mientras yo vivo en el imperio, con la seguridad de montar bicicleta con mi reloj de marca sin miedo a ser asaltada... mientras a ella la asaltan pistola en mano para quitarle el carro, mientras a mi padre en otro lado del país también lo asaltan y le meten la pistola en la boca para amenazarlo. Los dos salieron vivos de milagro... como tu hijo. Es una lotería y para rematar, tenemos que agradecer que los ladrones no nos los hayan matado. A dónde hemos llegado?