Ayer escuché el discurso del nuevo presidente de los Estados Unidos. Para mí, que, confieso, lo seguía un poco escéptica, fue una lección de un verdadero político. Vi a un Obama aplomado, serio, a la altura de las circunstancias, un líder que comenzó alabando las cualidades de su contrincante por meses, reconociendo sus virtudes y sus fortalezas, quitándose el sombrero ante sus muchos años al servicio del país “que ambos aman”, desconcertando a su público, que no sabía si aplaudir o no, pues como pueblo los líderes nos tienen acostumbrados a gritarle al enemigo y solo aplaudir a los nuestros. Y desde ahí, siguió su discurso de inclusión, haciendo un recorrido por la historia de los Estados Unidos, usando el punto de vista de Ann Nixon Cooper, la mujer negra de 106 años que fue a votar ayer para apoyar su candidatura, un punto de vista, además, muy apropiado para ilustrar los cambios que se han dado a lo largo de ese siglo.
No era conmigo y me emocionó. O si era conmigo. Ese líder, casi un sacerdote, enunciando bondades, yes we can, señalando caminos, yes we can, llamando a todos a trabajar por el país, un país que hoy mas que nunca necesita de los que votaron y de los que no votaron por él, para salir adelante una vez mas, porque somos un país grande, yes we can. Ese rezo, ese responsorio, iba elevando la visión de todos hacia un mañana diferente, donde lo que soñamos como sociedad pueda ser posible, pues quién se hubiera imaginado hace un siglo que el pueblo norteamericano elegiría por abrumadora mayoría a un presidente negro.
Viendo a Obama ayer, viendo las caras de alegría y de llanto de la gente que lo escuchaba en el Grant Park de Chicago, reviví el momento cuando nuestro presidente fue electo también por mayoría abrumadora. Y recordé las caras de esperanza de nuestra gente, las celebraciones, la certeza de que todo cambiaría para bien, para mejor. Y no pude evitar comparar los dos momentos, y vernos ahora, con caras largas, tristes, sin esperanza, con un líder que promueve cada vez más la guerra, la exclusión, la violencia como método, exterminar al enemigo, pues para qué ganar por votos si podemos acusarlos de cualquier cosa y sacarlos del juego democrático.
Y por primera vez en mi vida sentí envidia del pueblo norteamericano, que tiene esa fe inquebrantable en sus instituciones, en su sociedad, en su forma de dirimir sus diferencias, y que hoy tiene fresquita esa esperanza de renovarse a si misma con el esfuerzo de todos. Obama representa ese nuevo liderazgo, que convoca al trabajo en equipo, a unirse y codo a codo ir avanzando hacia el objetivo común, a creer que sí podemos.
Hoy me hace falta ese mismo liderazgo en nuestro país, esa fuerza de cambio, ese llamado a la unión, a no perder el norte, porque todos estamos en esto, todos queremos un país mejor, porque, además, si todos trabajamos hacia eso, podremos lograrlo. Yes, we also can.
5 de noviembre 2008
No era conmigo y me emocionó. O si era conmigo. Ese líder, casi un sacerdote, enunciando bondades, yes we can, señalando caminos, yes we can, llamando a todos a trabajar por el país, un país que hoy mas que nunca necesita de los que votaron y de los que no votaron por él, para salir adelante una vez mas, porque somos un país grande, yes we can. Ese rezo, ese responsorio, iba elevando la visión de todos hacia un mañana diferente, donde lo que soñamos como sociedad pueda ser posible, pues quién se hubiera imaginado hace un siglo que el pueblo norteamericano elegiría por abrumadora mayoría a un presidente negro.
Viendo a Obama ayer, viendo las caras de alegría y de llanto de la gente que lo escuchaba en el Grant Park de Chicago, reviví el momento cuando nuestro presidente fue electo también por mayoría abrumadora. Y recordé las caras de esperanza de nuestra gente, las celebraciones, la certeza de que todo cambiaría para bien, para mejor. Y no pude evitar comparar los dos momentos, y vernos ahora, con caras largas, tristes, sin esperanza, con un líder que promueve cada vez más la guerra, la exclusión, la violencia como método, exterminar al enemigo, pues para qué ganar por votos si podemos acusarlos de cualquier cosa y sacarlos del juego democrático.
Y por primera vez en mi vida sentí envidia del pueblo norteamericano, que tiene esa fe inquebrantable en sus instituciones, en su sociedad, en su forma de dirimir sus diferencias, y que hoy tiene fresquita esa esperanza de renovarse a si misma con el esfuerzo de todos. Obama representa ese nuevo liderazgo, que convoca al trabajo en equipo, a unirse y codo a codo ir avanzando hacia el objetivo común, a creer que sí podemos.
Hoy me hace falta ese mismo liderazgo en nuestro país, esa fuerza de cambio, ese llamado a la unión, a no perder el norte, porque todos estamos en esto, todos queremos un país mejor, porque, además, si todos trabajamos hacia eso, podremos lograrlo. Yes, we also can.
5 de noviembre 2008

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